Quizás el éxito del fútbol resida en su sencillez, quizás haya sido capaz de llegar a todo el mundo a través de una única figura llamada balón o quizás porque es el único deportes que se juega exclusivamente con los pies. Salvo por un único jugador, el portero, también conocido por cancerbero.Termina el partido, recoges tu botellita de agua, te secas por última vez con la toalla, te despides de los postes si es que ese día jugaron a tu favor y agradeces a tu defensa los servicios prestados de haber hecho algo más que romper el fuera de juego. Te encaminas al centro de campo a realizar esa rutina respetuosa, casi de carácter burocrático podríamos llegar a decir, que supone despedirte del equipo contrario y de una figura en particular. Esta vez sin guantes, la complicidad con aquel individuo que se situaba a más de 100 metros de distancia de ti se nota en el ambiente, una cómplice sonrisa y una palmadita en la espalda por parte del ganador. Con nadie habías hablado durante los 90 minutos salvo por gritos correctores y esta vez llego el momento, intercambiamos unas palabras, nos guiñamos el ojo como muestra de respeto mutuo y marchamos con nuestros respectivos equipos sin poder olvidar que una vez más, pusimos la cara donde el resto puso los pies.



















